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Quinta Suiza


Alejandro Rogazy, restaurador de pinturas y escenógrafo de teatro al rescate de sus orígenes suizos 
(
foto Nadine Chuat)

Los orígenes helvéticos, fuente de inspiración cultural para Alejandro Rogazy

Restaurador y escenógrafo se lanza ahora al rescate de la memoria de sus ancestros.

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Alejandro Rogazy, es un descendiente suizo de la Araucanía chilena, que al igual que muchos otros de sus coterráneos,  decidió tramitar su pasaporte helvético.

Tras varios años de llevar por dentro la “suizería” latente, como él la llama, ha decido recién ahora solicitar el precioso legado de sus ancestros, ese documento que le permitirá circular libremente por Europa.

Lo encontramos en su peregrinaje en Ginebra, en busca de cumplir con la exigencia de los viajes, requisito que contra  viento y marea, aún exige la Oficina Federal de Migraciones (OFDM) para otorgar el sésamo que abrirá las fronteras a un “artista” polivalente y trotamundo como él.

Alejandro Rogazy nació hace 48 años en Victoria, ciudad cuna de la emigración suiza en la Araucanía chilena. Hoy oficia de restaurador de pinturas y de escenógrafo para teatro, con más de 40 obras entrenadas, entre ellas algunas bajo la dirección de Andrés Pérez (“La negra Esther), Tito Noguera y Alfredo Castro, entre otros.

De agrónomo a restaurador

Pero antes Rogazy, como buen hijo de colonos que amasaron alguna fortuna en el agro, estudió agronomía en la ciudad de Valdivia, formación que le permitiría después asegurar la continuidad de los fundos paternos. Pero durante la época de sus estudios, las cosas se pusieron mal para los agricultores de la región: reforma agraria, crisis del agro, expropiaciones, y despilfarro, causaron la decadencia económica de la familia.

En esas circunstancias, Alejandro recuerda que cómo de niño tenía habilidades manuales, se dedicó a reparar todas las maquinas y útiles que se echaban a perder (desde el tractor hasta los infaltables relojes cú-cú) y que las finanzas familiares no permitían renovar. Así descubrió su pasión por la restauración de pinturas y como de los fundos ya no quedaba nada, dejó la agronomía y se dedicó de lleno a esa pasión de conservar y restaurar obras antiguas.

Este oficio lo llevó a Santiago, y luego a Roma y Florencia donde se formó como profesional en este oficio. Después de regreso a la capital chilena se relacionó con la bohemia que le hizo descubrir su otra pasión, la escenografía teatral.

Lo efímero del teatro

En este punto de su vida rompió también con su familia sureña, tradicional y conservadora, pero al mismo tiempo se convirtió en el heredero del patrimonio helvético de sus ancestros, una herencia cultural constituida más que nada por antiguas fotografías, muebles y documentos personales.

“La restauración representa mi interés por la historia, lo que perdura, en cambio con la escenografía, realizo el lado efímero de la vida, pues los decorados una vez utilizados terminan generalmente en la basura”, explica Alejandro, sintetizando así dos oficios contradictorios en su filosofía. El primero que le permite vivir, y el segundo realizarse, soñar y crear.

Como restaurador es miembro del comité de ética, del Sindicato de Conservadores y Restauradores de Chile y desde hace 30 años se gana profesionalmente la vida. Con el teatro ha viajado por el mundo y recibido premios y otros galardones, pero “que sólo sirven para la gloria”, dice bromeando.

Exposiciones y un museo

Para reafirmar su interés por su pasado suizo, hace unos años se hizo miembro de la Asociación de Descendentes Suizos de la Araucanía (ADES) y ha montado dos exposiciones fotográficas sobre la emigración helvética. También colaboró en el proyecto de “Metro Suizo”, encomendado a Magdalena Aninat de “Arte & Ciudad”  por la embajada Suiza en Santiago, que contribuye así a la celebración del bicentenario de Chile.

Pero no se queda ahí, de regreso a su país inaugura una nueva muestra fotográfica “Niños, emigración Suiza en la Araucanía”, un juego "teatral y metafórico, lúdico y festivo", como el mismo la define.

Enseguida se embarcará en una exposición sobre la madera de los emigrantes suizos en Magallanes, y se ha fijado como objetivo la creación de un museo etnográfico sobre la emigración suiza en la Araucanía, para lo cual cuenta con el apoyo de la ADES y de los consejos históricos de Patricia Schifferli, su mentora.

Retorno a las raíces

“Yo viví muchos años con mi abuela, una suiza alemana, pues mis lazos con Suiza vienen por el lado materno, los Müller-Schifferli, pues los Rogazy son de origen húngaro. Con ella compartí ese mundo suizo e indígena a la vez. Cierto, sus descendientes perdieron su identidad y el idioma, sólo nos queda la herencia de sus valores, como el sentido de la responsabilidad, el legado más importante que ha influido en mi vida”, subraya.

“Hoy, los descendientes somos varias mezclas pero formamos una identidad particular.  La diversidad de la que hago parte culturalmente me permite moverme e integrarme con facilidad en todas partes. Mis orígenes son la esencia de mi actividad creativa”, sostiene con absoluta convicción.

Anécdotas suizas

Alejandro se acuerda de su infancia natal entre descendientes e indígenas y está lleno de anécdotas. Una de ella es la de su abuelo, que entre otras actividades era bombero con grado. “Cuando salía apagar incendios, después se iba de fiesta con sus colegas a los numerosos burdeles que existían en Victoria en esos años. Ahí se acordaba que había olvidado la placa dental y la mandaba a buscar con un subalterno. Recuerdo el gesto de mi abuela que siempre repetía el ritual de envolvérsela en un pañuelo que anudaba por los cuatro costados y resignada se quedaba esperando la madrugada, que le traía el retorno a casa de su marido bombero”.

También recuerda a su fallecido padre, un amante del acordeón, un arte que le concedía el honor de animar las fiestas de los colonos y se complacía en inventar canciones suizas que nunca existieron. A través de él, supo de historias de suizos, eternos jugadores de naipes.

En la memoria colectiva, sobrevive el recuerdo de aquellas tertulias nocturnas, donde algunos lo perdían todo y otros ganaban fortunas. “Cuando estaba todo perdido, lo último que se jugaban eran las mujeres”, solía escuchar decir a su padre. Era parte de la historia social de los primeros hijos de los emigrantes, esas que nunca se olvidan.

Swisslatin /Alberto Dufey (3.10.2009)

 
 
 
 

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