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Suiza celebra este 1° de agosto el 718° aniversario de
su creación en 1292, y como cada año, los mismos ritos,
símbolos y mensajes se repiten para recordar la historia
del pacto fundador de la Confederación por los 3
cantones originarios: Uri, Schwyz y Unterwald.
Este año, marcado por la crisis económica, el desempleo
y cierre de empresas y el descalabro del UBS, el llamado
a la unidad del presidente del Consejo Federal,
Hans-Rudolf Merz, ha
pasado a un segundo plano, ante una idea original que
refuerza el sentimiento de apego a los orígenes de cada
familia suiza.
En tren a la comuna de origen
Los ferrocarriles helvéticos encontraron la idea más
original para festejar el día nacional. Ofrecer a cada
suizo un viaje en tren a un precio simbólico (15
francos) hasta su comuna de origen, lugar que marca el
comienzo de la vida civil de todo ciudadano helvético.
En Suiza a diferencia de otros países, el pueblo de
origen de la persona no es el lugar de nacimiento, sino
el de la comuna donde el primer ancestro adquirió la
“burguesía” del lugar, es decir donde la familia compró
bienes raíces y fue admitida e inscrita como “ciudadano”
en los registros oficiales.
Desde entonces ese lugar de origen se transmite de
generación en generación. Poco importa si usted haya
nacido en Ginebra o Lugano, en su documento de identidad
quedará marcado para siempre el de su comuna ancestral.
Es el vínculo más profundo con la familia helvética
originaria, el punto de partida de la identidad suiza.
Importancia que decae con el paso del tiempo
Hasta 1987, la mujer al contraer matrimonio perdía su
lugar de origen y adquiría el de la comuna de su marido.
El castigo era peor para la suiza que se casaba con un
extranjero, pues perdía la nacionalidad que tampoco
podía traspasar a sus hijos. Ahora conserva todos sus
derechos e incluso su descendencia hereda la
“burguesía”, por lo que se puede ser originario de
varias comunas a la vez.
En el pasado el peso de la comuna de origen era enorme.
Desde los impuestos, el derecho a la nacionalidad, a la
propiedad, y hasta las autorizaciones matrimoniales
pasaban por ella, a pesar de que los contrayentes –por
generaciones- ya no tenían lazos ni contactos. Sólo
recién en el año 2000 fue suprimida la exigencia de
anunciarlos mediante bandos en el municipio.
En la comuna gravitaba todo el peso político del país,
el que comenzó a declinar en 1798 en provecho de la
identidad nacional. Pero conservó prerrogativas. Hasta
esa fecha, sólo los “burgueses” originarios de la comuna
tenían derecho a participar en los Consejos Comunales y
a usufructuar (en los cantones rurales) de los prados de
pastoreos y bosques públicos. Sin contar otras
prerrogativas, como decidir sobre la naturalización de
los extranjeros y el traspaso de bienes, permisos de
residencia, etc.
La tradición resiste
A pesar de la pérdida de la importancia de la comuna
originaria, los suizos conservan en sus documentos de
identidad el nombre del lugar ancestral. La movilidad y
las migraciones han hecho que pocos ciudadanos conozcan
los pueblos a los cuales pertenecen legalmente.
Últimamente se han elevado voces que plantean poner
término a esa práctica e introducir solamente como
certificado de estado civil, el lugar de nacimiento.
Esta tendencia terminará tal vez un día por imponerse,
en la medida que por razones económicas, las comunas
suizas se están fusionando y concentrando con ello, las
oficinas de registro civil.
Pero la tradición es fuerte, resiste, además que permite
remontar los árboles genealógicos hasta las raíces, una
posibilidad que sólo ofrece el sistema suizo de
filiación.
Para acercar a aquellos que nunca han puesto un pie en
sus territorios originales, los ferrocarriles suizos
impulsaron esta idea del viaje por vía férrea, al lugar
mismo donde tuvo lugar el primer gesto fundador de cada
familia. Original y mucho más simbólico que un repetido
discurso patriótico.
Swisslatin / Alberto Dufey (1.08.2009)
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