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El tenista helvético
se ha convertido en una leyenda viviente por la suma de sus triunfos y
su reinado como el número uno del mundo en la lista ATP. Imbatible, pero la estrella del tenis es un hombre que reboza humildad. Recuerdos
de un campeón.
Fue en Basilea, la
ciudad de su nacimiento, donde Roger Federer comenzó a jugar al tenis
cuando tenía con 8 años. Su padre, Robert, y su madre, Lynette,
surafricana, que trabajaban en una empresa farmacéutica, invertían
parte de su tiempo libre jugando al tenis.
Experiencia paterna
El muchacho que
compartía los pasatiempos de sus padres jugando con su hermana Diana,
no le hacía mucho caso a los consejos paternales en materia tenística.
“No me gustaba jugar contra mis padres, me reprendían
continuamente”, cuenta en una entrevista televisiva.
A los 14 años
ingresó al centro de entrenamiento de Ecublens, cantón de Vaud, en
la Suiza francófona. No sabía una sola palabra de francés, dominaba
el alemán y el inglés, pero se empeñó en aprenderlo, idioma que
ahora domina a la perfección.
Ahí tuvo como
profesores al surafricano Peter Carter y al sueco Peter Lundgren, que
se encargaron de calmar la rebeldía del muchacho con sus métodos
particulares.
Un muchacho con carácter difícil
“Recuerdo
–explica Federer– que nos dijeron que el primero que lanzara una
raqueta limpiaría las pistas durante una semana. Y mis raquetas eran
como helicópteros, estaban todo el día por el aire. Nunca estaba
satisfecho con mi manera de jugar”.
Rompió las mallas
de separación de las pistas en uno de sus excesos de ira, y durante
siete días se levantó sólo salir el sol para poner a punto las
canchas. Era demasiado perfeccionista, perseguía esa precisión de
los relojes suizos de los que ahora hace gala.
Debido a su carácter
difícil, a los 17 años tuvo que ponerse en manos de un psicólogo
para que le ayudara a relajarse. “Le ayudó el paso a profesionales
–indica su entrenador Peter Lundgren.
En el centro
deportivo lo tenía todo a su alcance, no debía preocuparse por nada.
Viajando por el mundo se dio cuenta de que había unas facturas que
pagar, temas de los que preocuparse personalmente”.
Lundgren, un ex
tenista de la época Bjorn Borg, uno de sus mejores amigos, fue también
el que le puso barreras en su adicción por los videojuegos y los
mensajes de móvil. “Gastaba demasiada energía, tanta que salía a
la pista agotado”.
Una bomba de relojería
Roger era un chico
extrovertido, divertido, aunque una bomba de relojería en competición.
Le acostó acostumbrarse con normalidad a las derrotas. “No tenía
nada que ver con los ataques de ira o romper raquetas. Era un
sentimiento falta de tristeza. Llega al vestuario, y me ponía a
llorar”, comenta el helvético, que incluso no pudo contener el
llanto cuando se le escapó el bronce en los Juegos de Sydney-2000 al
perder contra el francés Arnaud di Pascuale.
Por entonces Federer
tendía a subrayar las cosas negativas. “Continuamente –rememora
Lundgren– decía que no sabía jugar sobre tierra batida. Tuve que
prohibirle hacer comentarios de este tipo, era una actitud
terriblemente negativa. Y además, era falso que no supiera jugar en
tierra”.
Resultaba difícil
conjugar la sensatez de Federer en su visión sobre la vida con el
Federer excesivamente emocional del tenis. “Cuando era joven, me decía
que si ganase mucho dinero, le regalaría una gran mansión a mis
padres. No pedía nada más”.
Los dólares no son
ya ningún problema para “el que será el tenista más grande de la
historia”, como afirma entusiasmado John McEnroe. Y siguió un
proceso lento pero seguro de maduración que lo ha conducido a
mantenerse como el número uno del mundo.
La pregunta ahora,
es saber cuanto tiempo el deportista más prestigioso de Suiza
conseguirá mantenerse en la cima y cuál será su último objetivo.
Destino de campeones.
Swisslatin
/agencias
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